Transformación social, soberanía alimentaria y refugio emocional: el poder del huerto comunitario en Rivas (parte 1)

En Rivas Vaciamadrid (Madrid), junto al CEIP José Saramago, un huerto comunitario ha convertido un terreno vacío en un espacio productivo y abierto al barrio. Es uno de los espacios del Programa 3C en el que conviven historias como la de Alicia, que confiesa que esta experiencia ha transformado su manera de mirar el mundo y a sí misma.

Algunos activistas del 3C de Rivas Vaciamadrid. Alicia es la segunda empezando por la derecha.

Alicia García Blanco estudió Ciencias Ambientales y desde hace años mantiene una alimentación basada en plantas. Su interés por participar en un huerto urbano no fue casualidad, sino consecuencia de un recorrido personal y profesional ligado a la sostenibilidad. Antes de la adjudicación de su parcela, ya había iniciado un pequeño huerto en el jardín de su familia, pero sentía la necesidad de contar con un espacio propio que le permitiera cultivar con mayor independencia. “Me lo dijo una amiga cuando se sortearon las parcelas y dije que sí, sin dudarlo”, cuenta. Su motivación iba más allá de aprender a plantar tomates: quería formar parte de algo colectivo.

Desde las primeras sesiones del proyecto, le interesó especialmente la parte social: conocer los orígenes de estos huertos comunitarios que surgieron como una reivindicación vecinal de espacios abandonados y una apuesta por la agroecología. “Me gustó mucho que hablaran de los movimientos sociales detrás de todo esto, de cómo nacieron en ciudades para crear comunidad y no solo para cultivar”, explica.

Esa mirada conecta el huerto con una larga tradición de lucha urbana y transformación colectiva del espacio, que durante los años 70 y 80 llevó a movimientos vecinales y colectivos ciudadanos a ocupar descampados, solares abandonados y tejados para convertirlos en parques, jardines y huertos comunitarios.

En Nueva York, ese despertar ciudadano floreció con el movimiento Guerrilla Gardening especialmente en el Lower East Side, como explica Richard Reynolds en su libro On Guerrilla Gardening: A Handbook for Gardening Without Boundaries, que describe el surgir de los community gardens como una respuesta ciudadana a la crisis y la degradación urbana.

En España, barrios como Poblenou en Barcelona han vivido una lucha contra la gentrificación, recuperando espacios degradados y generando vínculos vecinales y nuevas narrativas urbanas (Público, 2016). Otro ejemplo notable es Benimaclet, en Valencia, donde la asociación vecinal transformó en 2012 solares abandonados, planeados para un macro-desarrollo inmobiliario, en los hoy consolidados huertos urbanos autogestionados.

Este espacio no solo restauró la huerta histórica del barrio, sino que se convirtió en un símbolo de resistencia comunitaria frente a la especulación: más de cien parcelas, participación intergeneracional, uso social, soberanía alimentaria y sistemas tradicionales de riego sobreviven hoy gracias a la persistencia vecinal. Estos huertos actúan como herramientas de reapropiación del espacio urbano, reforzando la identidad del barrio y ofreciendo alternativas reales a los modelos de desarrollo especulativo.

Hoy, el movimiento de huertos urbanos en España continúa consolidándose y expandiéndose a nivel nacional. Aunque no existen datos estadísticos oficiales recientes que actualicen las cifras del estudio elaborado por GEA21 (Ballesteros, 2018) que contabilizaba más de 15.000 huertos en más de 300 municipios, la proliferación de iniciativas municipales y comunitarias en ciudades como Madrid, Santander o Murcia refleja un crecimiento sostenido.

Estos huertos urbanos no solo fomentan la participación ciudadana y la educación ambiental, sino que también responden a la emergencia ecológica y al interés creciente por reconectar con el entorno natural y generar espacios colectivos sostenibles. Así, los huertos urbanos se han consolidado como una práctica social y ambiental estable, que sigue ganando fuerza en paralelo a las crisis socioeconómicas y ecológicas actuales.

Activistas trabajando en el 3C de Rivas.

Para Alicia, participar en el huerto 3C de Rivas Vaciamadrid significa cultivar más que verduras: significa construir relaciones, conservar saberes y apostar por un modelo urbano más sostenible y humano. Aunque reconoce que habría querido ver más implicación colectiva (“creo que no hemos generado tanta comunidad como me habría gustado”, admite), valora profundamente la oportunidad de convivir con personas de diferentes edades, países y culturas.

Ese intercambio, que ella describe como “bonito” y “enriquecedor», le ha permitido descubrir la sabiduría y experiencia de quienes llevan más años de experiencia, así como compartir miradas nuevas con quienes tienen trayectorias distintas a la suya. En este cruce de historias y realidades, Alicia ha ejercitado la tolerancia, ha confirmado que siempre se puede aprender y mejorar, y ha visto cómo el huerto se convierte en un espacio donde la diversidad se transforma en aprendizaje colectivo.

En lo cotidiano, el huerto se ha convertido para Alicia en un refugio y un espacio de desconexión: “El día que se fue la luz me vine al huerto a regar y a leer”, recuerda. Este acto sencillo encierra una poderosa dimensión: en momentos de crisis como apagones, olas de calor o durante la pandemia, el huerto urbano se revela como un espacio vital de resiliencia y autonomía. Poder producir, aunque sea una pequeña parte de la propia comida, representa una reducción de la dependencia de las cadenas industriales y globalizadas que a menudo resultan vulnerables o insostenibles.

Además, estos espacios ofrecen confort térmico y un entorno seguro donde mantener vínculos sociales y cuidar la salud física y mental, actuando como refugios climáticos y comunitarios frente a las adversidades. Así, el huerto se configura no solo como un lugar para cultivar, sino como un recurso esencial para afrontar eventos extraordinarios que desafían nuestras formas de vida.

“Es muy bonito el proceso de pasar de la nada a generar algo tan importante como es alimentarte”, resume. Y, aunque reconoce que en invierno le cuesta más mantener el hábito, la llegada de la primavera devuelve la emoción de ver brotar lo que se sembró meses atrás.

Publicado por Humana Fundación Pueblo para Pueblo

Humana Fundación Pueblo para Pueblo es una organización de la economía social que promueve desde 1987 la protección del medio ambiente mediante la reutilización del textil y lleva a cabo programas de cooperación en África, América Latina y Asia, así como de ayuda local, sensibilización y agricultura urbana en España.

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