Transformación social, soberanía alimentaria y refugio emocional: el poder del huerto comunitario en Rivas (y parte 2)

Ramona Maier llegó al huerto comunitario de Rivas Vaciamadrid (Madrid) casi a la fuerza. “Me apuntó Paula, mi amiga. Yo no quería, me parecía una malísima idea”, confiesa entre risas. Su vida entonces era un torbellino de prisas, trabajo y responsabilidades. La idea de dedicar tiempo a trabajar la tierra le sonaba imposible.

Ramona Maier, en su parcela del 3C de Rivas.

En este espacio del Programa 3C Cultivemos el Clima y la Comunidad conviven historias como la de Ramona y la de Alicia García (léase la parte 1 de este reportaje), dos mujeres con trayectorias, motivaciones y ritmos muy distintos.

Ramona casi no apareció en los primeros días, y cuando lo hizo, fue más por compromiso que por convicción. Hasta que descubrió algo inesperado: estar sola trabajando en los bancales la relajaba. “Cuando no había gente me sentía bien, volvía a casa más tranquila. Ahí empezó a gustarme”, explica.

Con el paso del tiempo, el huerto no solo ha aliviado su estrés; también ha despertado en ella una vocación que no imaginaba: crear una granja de flores en su país, Rumanía. “Vi perfiles en Instagram de mujeres que tenían granjas de flores y me dije: ‘Esto es lo que quiero hacer’”, recuerda.

De su participación en el huerto de Rivas se lleva conocimientos prácticos sobre la calidad del suelo, el riego, el uso eficiente del agua, el compostaje o la importancia del acolchado, aprendizajes que hoy considera claves para su futuro proyecto. Aunque la situación familiar todavía la retiene en España, sueña con volver a su país y aplicar lo aprendido para transformar un pequeño terreno en un espacio productivo y sostenible.

El trabajo manual en el huerto también le sirvió para reconectar consigo misma y con su lado más firme: “Soy muy trabajadora, y aquí he confirmado que me gusta trabajar. Si estoy en el huerto es para trabajar, no para estar de adorno”, dice con humor. Esa actitud activa le llevó incluso a “pinchar” a otros compañeros para que participaran más: “Cada uno tiene su rol; el mío era empujar un poco”, explica.

El técnico agrícola, Mario Martínez, impartiendo una formación.

Mario Martínez: enseñar con paciencia

Mario, técnico especializado en agroecología, es mucho más que un instructor para el grupo: es un acompañante en el proceso personal y colectivo del huerto. Alicia García, reconoce su entrega y compromiso: “Desde el primer día se ve que le gusta lo que hace… Siempre está ahí, tirando del grupo.”.

Para Ramona, la paciencia de Mario fue una fuente de calma en medio de su vida acelerada: “Al principio vivía a mil por hora y me costaba pararme a escucharle. Le interrumpía muchísimo, pero él nunca perdió la paciencia. Con su forma tranquila de explicar, me ayudó a aprender, a observar, a frenar y a encontrar un espacio de paz dentro del huerto. Me sorprendí a mí misma deteniéndome a mirar una mariquita pasando por una hoja, algo que nunca había hecho antes”. Así, Mario se ha convertido en ese referente que sostiene el huerto no solo en lo técnico, sino también en lo humano, fomentando un ambiente donde el aprendizaje y la convivencia se entrelazan profundamente.

El éxito de estos espacios depende no solo de las técnicas agrícolas, sino también de la calidad de las relaciones y el apoyo mutuo

Figuras como Mario resultan esenciales para el buen funcionamiento de los huertos urbanos, ya que integran el conocimiento técnico con el acompañamiento humano, facilitando tanto el aprendizaje como la cohesión del grupo. Su labor demuestra que el éxito de estos espacios depende no solo de las técnicas agrícolas, sino también de la calidad de las relaciones y el apoyo mutuo.

Cultivar es también un cambio interior

El paso de Ramona por el huerto ha transformado incluso su mirada sobre la vida: “Antes ni levantaba la vista para mirar los árboles. Ahora me paro, observo insectos, hago fotos”, cuenta. Ha cambiado su alimentación, reduciendo la carne, y ha ganado algo que dice que le faltaba: paciencia.

La evidencia científica también señala que la horticultura comunitaria promueve la autoeficacia, el sentido de propósito y la conexión con otros, lo que se asocia con mejores indicadores de salud mental y física (Soga et al., 2017).

Las experiencias de Ramona y Alicia ilustran cómo la participación en un huerto urbano comunitario actúa como un activo de salud que no solo mejora hábitos físicos (alimentación, actividad) sino también fortalece dimensiones internas del bienestar (paciencia, coherencia, propósito).

Trabajando en las parcelas del 3C de Rivas.

¿Por qué son importantes estos huertos?

A la pregunta de por qué los huertos comunitarios merecen apoyo, Ramona contesta sin dudarlo: “Te enseñan a valorar la comida. Cuando cultivas un tomate, sabes lo que cuesta. Y aprendes a cuidar la tierra, que damos por hecha”.

Alicia, por su parte, insiste en el papel de las instituciones: “Hace falta financiación, más espacios así, y concienciar a la gente de que esto va mucho más allá de llenar la nevera”. Sus palabras apuntan a la necesidad de un compromiso público que no se limite a facilitar un terreno, sino que respalde de forma activa procesos comunitarios donde las personas puedan implicarse en el cuidado y regeneración de su entorno.

La acción colectiva, apoyada por recursos municipales, se convierte en motor de aprendizaje ecológico, cohesión social y resiliencia urbana frente a retos como el cambio climático

Ambas coinciden en que estos espacios ofrecen algo difícil de encontrar en otros lugares de la ciudad: la posibilidad de parar, de aprender de la naturaleza y de las personas, y de sentir que, aunque sea a pequeña escala, puedes ser parte de la solución.

Un relevo en el huerto

En diciembre de 2025, Alicia y Ramona dejarán sus parcelas, mientras Mario seguirá al frente para acompañar a un nuevo grupo. Con ellas se cierra una etapa marcada por el aprendizaje mutuo y la transformación de un solar vacío en un espacio vivo y productivo. Lo que queda es un huerto cuidado, con más experiencia colectiva y un modelo que demuestra que la acción local puede responder a retos globales.

Publicado por Humana Fundación Pueblo para Pueblo

Humana Fundación Pueblo para Pueblo es una organización de la economía social que promueve desde 1987 la protección del medio ambiente mediante la reutilización del textil y lleva a cabo programas de cooperación en África, América Latina y Asia, así como de ayuda local, sensibilización y agricultura urbana en España.

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