En el huerto urbano de Daganzo se cultiva comunidad, salud mental y conciencia ambiental (parte 1)

En Daganzo de Arriba (Madrid), el huerto comunitario dinamizado a través del Programa 3C y en colaboración con el Ayuntamiento, es mucho más que hortalizas: es salud mental, educación ambiental y barrio vivo.

Paloma, activista en el huerto 3C de Daganzo de Arriba

Un grupo de vecinos cultiva mucho más que tomates o calabacines: cultivan comunidad, salud mental, conciencia ambiental y un sentido de pertenencia que transforma tanto a las personas como al espacio que habitan.

Aunque cada activista/participante vive el huerto de forma distinta, coinciden en tres claves que resumen su impacto: el valor emocional, su papel como refugio climático y la transformación del espacio público.

Uno de los primeros motivos que atrae a las personas al huerto es el deseo de desconectar. José lo resume así: «Es la ilusión diaria de venir a ver cómo van las plantas, hacer ejercicio al aire libre y volver a casa totalmente relajado».

Cristian lo describe como «un apoyo físico y psicológico. Vienes frustrado, coges la azada, trabajas y te vas cansado, pero más ligero de mente«.

Paloma, que lleva tres años, dice algo muy parecido: «Me siento tranquila, feliz y a gusto conmigo misma. Es como una clase de yoga«.

La literatura científica confirma que el contacto con la naturaleza mejora la salud mental, reduce el estrés y aumenta el bienestar subjetivo

Este efecto no es casual: la literatura científica confirma que el contacto con la naturaleza mejora la salud mental, reduce el estrés y aumenta el bienestar subjetivo. Los beneficios psicológicos específicos señalados en las investigaciones incluyen la reducción del estrés y la ansiedad, mejoras en el estado de ánimo, aumento del bienestar percibido, mejora de la concentración y la atención y restauración cognitiva.

Existe el consenso de que el trabajo con la tierra, el contacto con ciclos naturales y la construcción colectiva reducen el aislamiento social, fomentan la autoestima y mejoran la salud mental.

Cultivando comunidad: vínculos, aprendizaje y roles

Los huertos comunitarios funcionan también como espacios de encuentro y construcción de vínculos. José lo explica así: «Aquí hay buen rollo, nos ayudamos y nos aconsejamos». Cristian describe una dinámica parecida: «No puedes llevarte bien con todo el mundo, pero hacemos intercambios de consejos, de semillas y plantas, y en general el ambiente es positivo».

La participación en el huerto cambia de forma profunda la mirada que tenemos sobre los alimentos y sobre la propia naturaleza. Cristian, por ejemplo, cuenta que no comía hortalizas hasta que empezó a cultivar las suyas: “Ahora incluso mis perros solo comen calabacines del huerto; los otros, ni los huelen”.

Los activistas Paloma y Tino, en el huerto 3C de Daganzo.

Este cambio no es solo de gusto, sino también de valoración: cultivar hace que se aprecie más el sabor, la frescura y la historia de cada alimento. José lo resume al hablar del esfuerzo que hay detrás de cada producto y la diferencia entre cultivar de forma ecológica y comprar en el supermercado. Para él, cultivar implica conocer de primera mano la trazabilidad de los alimentos: desde qué semillas se usan, qué tipo de manejo se realiza, hasta qué pesticidas y abonos (o la ausencia de ellos) se aplican.

Esa trazabilidad no se queda solo en un dato técnico, sino que se traduce en conciencia ambiental y social: saber de dónde viene lo que comemos, cómo se ha producido y qué impacto tiene sobre la salud, el suelo y la biodiversidad invitando a quienes cultivan a implicarse activamente en la construcción de sistemas alimentarios más sostenibles y justos. En este sentido, los huertos urbanos comunitarios refuerzan también la soberanía alimentaria, al permitir que las personas recuperen el control sobre su alimentación, priorizando variedades locales, métodos sostenibles y decisiones colectivas que ponen la salud y el territorio por delante del mercado.

Los huertos urbanos comunitarios refuerzan la soberanía alimentaria, al permitir que las personas recuperen el control sobre su alimentación

Paloma, por su parte, admite que sigue sin comer verduras, pero lo vive como un espacio de aprendizaje, ocio y conexión social más que de autoconsumo.

Más allá de producir alimentos, el huerto es un aula viva. Jose describe cómo aprende técnicas y experimenta: “Lo que sé lo aprendí con mis padres, pero aquí aprendo de forma directa”.

Cristian prueba variedades autóctonas y Paloma resume: “He aprendido mucho: ahora voy por la calle y reconozco plantas, las explico a mis amigas”. En definitiva, esta experiencia muestra cómo la participación en huertos urbanos puede transformar no solo hábitos de consumo, sino también la percepción del entorno natural y la conexión social, favoreciendo una conciencia ecológica más profunda y duradera.

Publicado por Humana Fundación Pueblo para Pueblo

Humana Fundación Pueblo para Pueblo es una organización de la economía social que promueve desde 1987 la protección del medio ambiente mediante la reutilización del textil y lleva a cabo programas de cooperación en África, América Latina y Asia, así como de ayuda local, sensibilización y agricultura urbana en España.

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