En el huerto urbano de Daganzo se cultiva comunidad, salud mental y conciencia ambiental (y parte 3)

La convivencia en el huerto urbano de Daganzo de Arriba (Madrid) no está exenta de tensiones: diferencias de compromiso, choques de carácter o debates sobre qué hacer en las zonas comunes. Cristian resume: «No puedes exigir a todo el mundo que haga lo mismo. Cada persona tiene su vida y su tiempo».

El huerto 3C de Daganzo, en sus inicios.

Paloma apunta que la colaboración «debería ser más libre, no impuesta», mientras que todos reconocen que sin alguien que coordine sería muy difícil sostener el proyecto.

Un reto común en los huertos urbanos es cómo mantener el dinamismo y la participación activa año tras año. Como explica José, “el primer año todo el mundo tenía muchas ganas, el segundo bajó y el tercero ha vuelto a subir con gente nueva”. Este ciclo refleja la realidad de muchos proyectos comunitarios: la motivación inicial suele ser alta, pero puede decaer con el tiempo por diversas razones, como cambios personales, cansancio o falta de novedades.

Por ello, es fundamental diseñar proyectos que sean flexibles y capaces de renovarse constantemente, incorporando nuevas personas y adaptándose a las necesidades y expectativas cambiantes de la comunidad. La figura del técnico juega aquí un papel clave, al incentivar la participación, generar un ambiente acogedor y promover actividades que mantengan el interés y el sentido de pertenencia.

Además, es importante que los proyectos contemplen espacios para la innovación y la creatividad, para que los participantes puedan aportar ideas y sentir que el huerto es un espacio vivo, en constante evolución. De esta manera, se evita que la experiencia se convierta en algo estático o rutinario, y se fomenta un compromiso más sólido y duradero con el huerto y sus objetivos.

Miradas al futuro y estrategias para la continuidad

Preguntados por el futuro del huerto, las visiones se mezclan entre la ilusión, la prudencia y la conciencia del esfuerzo que supone sostenerlo. Paloma reconoce: “Me lo imagino asalvajado. Es que esto tiene mucho trabajo y no tenemos mucha ayuda. Me gustaría que estuviera guay, pero no lo sé”. Cristian insiste: “Debería haber muchísimos más. Hay un montón de espacios vacíos que no se aprovechan”.

José propone incluso «quitar muchos jardines ornamentales» para crear otro tipo de infraestructura verde más útil y biodiversa.

Frente al modelo de parques ornamentales y cerrados al uso alimentario, plantean abrir estos espacios a la ciudadanía, fomentando la recolección responsable

Surge así la idea de bosques de alimentos: espacios donde plantar árboles frutales, arbustos comestibles o aromáticas perennes que cualquiera pueda recoger. “Yo salgo a pasear con los perros y me cojo cuatro o cinco ciruelas… ¿y qué hay de malo?”, explica Cristian. José recuerda haber visto a gente mayor recogiendo aceitunas en medio del cemento: “Es una estampa curiosa, pero muy real”. Frente al modelo de parques ornamentales y cerrados al uso alimentario, plantean abrir estos espacios a la ciudadanía, fomentando la recolección responsable y la cultura de saber qué plantas nos rodean.

En esta reflexión aparece el concepto de ceguera vegetal: la incapacidad de ver y valorar las plantas que tenemos delante. “El teléfono móvil no deja ver más allá, lo tienes delante y no lo ves”, dice Cristian. José añade: “Hay un montón de tilos cuya tila acaba siempre en el suelo”. Esta falta de cultura botánica se suma al desconocimiento de si esos árboles han recibido tratamientos fitosanitarios, lo que frena su aprovechamiento.

Frente a esto, Jose propone recuperar saberes tradicionales y reconectar con el ciclo natural de los alimentos, fomentando un modelo de ciudad más productiva y biodiversa. “Si hubiera más cultura de sembrar frutales y arbustos que se pudieran comer… se le perdería el miedo”, dice Cristian.

Como estrategia para la continuidad de estos proyectos, destacan:

  • Crear proyectos flexibles que se renueven con nuevas personas.
  • Apostar por bosques comestibles y huertos abiertos, que tengan una función social y ambiental clara.
  • Fortalecer el papel del personal técnico para mantener la cohesión del grupo.
  • Diseñar políticas públicas que integren espacios infrautilizados en redes verdes y productivas.
  • Reforzar la educación ambiental para superar la desconexión con la naturaleza y volver a mirar con otros ojos el paisaje urbano.
  • Apostar por la participación real de la ciudadanía y por una planificación urbana que entienda la infraestructura verde como un derecho y una necesidad climática, no como un lujo.

En palabras de José: “Yo creo que hay que desandar caminos, que es el futuro. Porque como sigamos como vamos…”. Y Cristian completa: “Metiendo un poco de naturaleza dentro de tu ciudad consigues que vuelvan los insectos, los pájaros, incluso las lechuzas… y todo cambia. Deberían hacerlo más. Bastante más”.

La idea de crear bosques de alimentos, que plantean Cristian y José, coincide con propuestas de ciudades como Barcelona o Berlín, donde se promueven espacios públicos con árboles frutales y arbustos comestibles como medida de adaptación climática y de mejora de la biodiversidad urbana.

Ejemplo de biodiversidad en el huerto 3C de Daganzo.

Los relatos de Jose, Cristian y Paloma coinciden en describir el huerto urbano de Daganzo como un espacio que ofrece mucho más que productos hortícolas: actúa como refugio emocional, fomenta la desconexión del estrés cotidiano y construye comunidad. Este efecto no es casual ni anecdótico, sino que está ampliamente respaldado por la ciencia.

Los testimonios recogidos en Daganzo refuerzan estas evidencias: hablan de una transformación real del espacio, describen emociones de calma y felicidad tras una jornada de huerto, y destacan el valor de aprender, compartir y sentirse parte de algo. Como subraya Cristian, “esto es un refugio climático, pero también emocional”. Y Paloma resume el impacto más profundo: “Aquí no soy la madre de nadie, soy Paloma 14, el número de mi bancal, una más del huerto”. Así, los huertos urbanos comunitarios no solo producen alimentos locales y biodiversidad: producen salud, pertenencia y futuro compartido.

Publicado por Humana Fundación Pueblo para Pueblo

Humana Fundación Pueblo para Pueblo es una organización de la economía social que promueve desde 1987 la protección del medio ambiente mediante la reutilización del textil y lleva a cabo programas de cooperación en África, América Latina y Asia, así como de ayuda local, sensibilización y agricultura urbana en España.

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