Ramona Maier llegó al huerto comunitario de Rivas Vaciamadrid (Madrid) casi a la fuerza. “Me apuntó Paula, mi amiga. Yo no quería, me parecía una malísima idea”, confiesa entre risas. Su vida entonces era un torbellino de prisas, trabajo y responsabilidades. La idea de dedicar tiempo a trabajar la tierra le sonaba imposible.
